Archivo para 15/12/08

Ramón duerme

Una llamada en la noche prematura del domingo. Al otro lado de la comunicación, la voz de la hermana de Elena; aguda y prudente. Ha muerto Ramón. ¿Ha muerto Ramón? Sabía que estaba convaleciente, pero en los últimos años su naturaleza se tornó frágil, le había gastado tantas malas pasadas, que nos habíamos acostumbrado a sus reposos. Y ahora qué. Las últimas noticias no hacían pensar en este fatal epílogo. Una llamada telefónica extraviada en la noche de otoño, y de golpe todo es historia ¿Cómo  acostumbrarse a pronunciar ciertos nombres en pasado? ¿Cómo es posible que el fuego de un crematorio pueda hacer arder en pocos minutos una vida larga e intensa como la de Ramón? Ahora Ramón Barce duerme.

Su mirada era (aquí está el maldito tiempo pasado) fraternal y atenta. De trato amable, sosegado, amigo de sonreír a la mínima (su gesto tenía algo de sonrisa incluso cuando se pretendía serio). Cómo alguien tan cotidiano, humano entre los humanos, podía ser ese mismo compositor ilustre entre ilustres del siglo XX. Creador del exclusivo e inteligente Sistema de niveles; académico de Bellas Artes; doctor en Filosofía; agudo ensayista y traductor minucioso de obras complejas. Intelectual verdadero. Rotundo y necesario. Inquieto, activo como un oleaje.

Le conocí a través de su enamorada Elena, la envidiable niña eterna con quien compartió (en sentido estricto) más de treinta años de vida. Cultura y bendito esperpento. Elena le admiraba, le sorprendía; él saboreaba a Elena, su prodigiosa vitalidad, la ternura divina que le llovía de sus nubes. Y no hace tanto que repitieron boda en el Palace; pura coherencia.

Ahora Elena se siente despojada, sin raíces. Seguirá viviendo en él. Son (presente) envidiables.

afcalixto@gmail.com

Ramón Barce

Ramón Barce fotografiado por Elena Martín

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Muertos… y vivos

He visto muchos cadáveres en las últimas semanas, en los últimos meses, en años. Cuerpos reventados desde dentro, desde fuera. Despellejados, untados de sangre oscura, brillante. Cos sus rostros aplastados, o sorprendidos, o despiezados, o al fin serenos. Bocas abiertas, cerradas. Ojos sin mirada. Primeros planos que nos recuerdan, por si lo habíamos olvidado, hasta dónde es capaz de llegar el ser humano para dejar de serlo. Bombay, Congo, Cisjordania o Tel-Aviv, Bagdad, Islamabad, Tijuana.

El pavoroso asesinato colectivo en los trenes de cercanías de Madrid, 11-M; las ejecuciones en el transporte público de Londres, 7-J; el espectacular crimen que desde Estados Unidos cambió radicalmente el mundo hasta entonces conocido, 11-S; el accidente aéreo de Barajas, 20-A; cualquier incidente mortal en nuestras carreteras, las del mal llamado mundo civilizado; el asesinato de Ignacio Uría, o de Isaías Carrasco, ¿de cuántos?, a manos de pistoleros etarras, primitivos e ignorantes. La barbarie no brinda ya, a pesar de las infinitas posibilidades de la era cibernética, los restos masacrados de aquellos que fueron. Hay que preservar a los muertos de esa última y cruel humillación. Hay que protegerlos de aparecer como tales ante la Comunidad. Con su fatal compostura. Mutilados. Despojados de ropa y de dignidad. Que nadie vea a nuestros muertos. Que no me vean muerto cuando caiga.

Esta sería la clase A, Business. No todos los muertos pertenecen al mismo club, y dentro de ese club, no todos tienen el derecho de optar a la primera clase. Estos últimos son los muertos que vemos a diario en los medios. Expuestos al mundo sin reservas siquiera remotas. Lo global, hoy tan de moda, sólo es aplicable para preservar lo que concierne a este primer mundo; lo demás queda en las manos invisibles e irresponsables, morbosas del azar. Si no ¿por qué ocultar el rostro de nuestros niños cuando juegan felices, si mostramos sin pudor alguno el dolor y la desnutrición y la enfermedad en el semblante de lágrimas y moscas, y la barriga hinchada como un balón medicinal de un crío desnudo de Ruanda? Esto no es demagogia.

afcalixto@gmail.com

¿Por qué ellos si?

¿Por qué ellos sí?