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Feliz 2009. Hoy me compro un sombrero

Al menos para 2009 estamos prevenidos de que el infierno, sí o sí, va a caer sobre nuestras pobres cabezas (tuvo, pues, doble razón -los del bollo y los del hoyo, calderilla frotándose en un mismo monedero- quien en 1909 se confió, lo más seguro que para restarle hierro a algún escabroso asunto del que hoy quién se acuerda, se encomendó, digo, a una de esas manidas metáforas, tan usada, ésta en particular, que, ya por entonces, cuando mis abuelas aún no eran -que hoy son, pero sólo un recuerdo-, se le había desprendido en un descuido el postit del significado. “En cien años todos calvos”; un laudo es, pero que ha cambiado su calzado de suelas gastadas de alegoría, para descansar los pies, cocidos e hinchados, en el trapo rugoso de unas babuchas que caminan sobre la triste verdad anunciada de sus plantas. Hoy mismo salgo a comprarme un sombrero).

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KUHN, Walt Chico con chistera, 1948 Óleo sobre lienzo 58,4 x 53,3 cm Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

afcalixto@gmail.com

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Triste Navidad

Navidad. Dicen quienes de esto saben que cuando ésta monopoliza nuestros calendarios, no pocos individuos tienden a la profunda tristeza. El ser o seres queridos que han dejado vacía la silla (y la casa, la vida entera); la complaciente candidez de la infancia perdida (generalmente una etapa feliz en la vida, alimentada de bendita ignorancia); la nostalgia de aquellos tiempos en que la Navidad era ciertamente blanca (white and merry en voz de Frank Sinatra…) Cualquier causa posible de esta nevada congoja, regala sentido y coherencia a las palabras atribuidas a la pluma de un tal Levenfeld: “Abstenerse de recuerdos, a veces es una cuestión de supervivencia”.

Cualquier desconsuelo crecido al amparo de estas fechas, nos transborda a uno o a múltiples pasados -momentos ciertos; minutos abstractos-, en que positivamente fuimos felices. Especialmente en Navidad.

O al menos así nos ha quedado ahí dentro.

Frank Sinatra durante una grabación

Frank Sinatra durante una grabación

afcalixto@gmail.com

Abuela Alex

Una despedida que hubiera deseado no escribir

Este, sin duda, es un mal momento para todos los que estamos aquí. Quizá, para muchos de nosotros, uno de los más tristes de los que, a partir de ahora, vamos a tener que afrontar. Alejandra se ha dormido. La abuela, como la llamábamos muchos de nosotros (¡y menuda abuela!). Mamá, tía, hermana… Alejandra ha cumplido con todos dándonos lo que más le sobraba: bondad. Era de verdad buena. Auténtica. Transparente.

Fijaros, 96 años, casi un siglo. Pensad en todo lo que ha podido pasar por delante de sus pequeños ojos, tan expresivos. Y me da a mí que si se ha aferrado a la vida de esta forma poderosa, ha sido únicamente para seguir haciéndosela fácil a la gente que quería. Esa era su especialidad: nos daba la mano en el camino, y lo recorría a nuestro lado. Mimaba todos esos pequeños detalles que a los demás siempre se nos escapan.

Por cierto, a partir de ahora vamos a tener que fijarnos más en esas cosas a las que tal vez nosotros no damos importancia, pero que ella sabía que eran importantes. Como el simple y cotidiano gesto de cerrar la llave del gas después de cocinar o de ducharnos. Os reconozco que cada vez que cierre el gas voy a recordar su voz aniñada preguntándome si lo he hecho.

Ya te echamos de menos
Ya te echamos de menos

Y ¡qué cocinera! ¡Qué paellas los domingos! Y sus albóndigas…, y la eterna sopa de ajo del abuelo Aurelio. Alejandra no cocinaba. Cada guiso, preparado con esas manos largas y suaves, era una caricia, como sus palabras y su preocupación constante por todos los que le rodeábamos (porque ella se sentía rodeada por nosotros, sentía nuestrocalor aunque estuviésemos muy lejos; esa era la magia, el motor de mamá Alejandra).

Gracias abuela Alex, si me lo permites voy a llamarte abuela (más de una vez el cuerpo me ha pedido llamarte así, pero nunca lo hice), gracias abuela por haber creado en torno tuyo esta familia a la que pertenezco. Sin saberlo instituiste un matriarcado. Tú no te dabas cuenta, seguro que ni siquiera caíste en ello ni una sola vez, tú no te dabas cuenta de que habías nacido para protegernos. Abrígate, hijo no fumes, Mari Carmen las pastillas, ¿vais a llevar así al niño con lo que está lloviendo…?, y otra vez vuelta al gas… que sí, abuela, te hemos dicho tres veces que lo hemos cerrado; no te preocupes. Y tú te preocupabas.

Vigilabas todo, cada constipado, cada rasguño, por pequeño que fuera, en la piel de tus cachorros, cada corte de pelo. Todo. De una forma u otra eras el eje que nos hacía girar. Pero eras humilde. Sólo te importaba que estuviéramos bien, y ahora vamos a tener que tirar solos por ahí. Sin tus indicaciones.

Estaría hablando de ti hasta la primavera. De lo frágil que parecías y de lo fuerte que eras. Pero hay que seguir.

Y puedes descansar contenta, porque, como ves, vas a estar siempre a nuestro lado. En las pequeñas cosas. En las grandes. Nos has impregnado de ti durante todos estos años, y ahora no podemos desprendernos de tu ternura. Vas a vivir siempre en nosotros. Y puedes estar feliz, tranquila por tener esos hijos que eran tus ojos, y que te han hecho más fácil quedarte dormida.

Abuela Alex, aunque sigas aquí, te vamos a echar de menos.

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La angustia y la valentía

Pónganse en situación. Usted vive en una ciudad cualquiera de su país. Un buen día, movido por un repentino sentido de urgencia, se decide finalmente a tomar un avión o un tren, sube a un barco (o a una lancha mal inflada) o coge su coche particular para viajar a otro Estado (a otra cultura), acompañado de las pertenencias que caben en una maleta,  y a emprender allí, en aquel lugar extraño y adverso, una vida nueva. Esta mera iniciativa (le invito a que por un momento ocupe usted el pellejo de cuantas personas lo han hecho y hoy conviven con nosotros) tiene como primera causa la valentía; y ésta, en no pocos casos, la angustia.

Le llamo a que lo piense mientras les mira a los ojos.

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Una nueva ciudad donde vivir

Una nueva ciudad donde vivir

Bush otra lectura del “zapatazo”

Lo de los ya famosísimos zapatos voladores contra George Bush Jr. ha sido una perfecta última función de fin de mandato del presidente de EEUU en Irak. Sería perfectamente creíble que le hubiera dado por encargar a sus asesores localizar al mejor guionistas de series de plano secuencia (en Estados Unidos das una patada a una piedra y salen miles de ellos como nerviosos ciempiés) para subir su categoría personal y política, algo que, en principio, resulta a estas alturas imprevisible, o simplemente imposible.

Pues bien, imaginen ustedes que esto fue así. Que todo lo visto aquel día era el resultado de una pantomima urdida para limpiar su imagen. Que detrás de cada movimiento había un guión perfectamente tramado. Y que tal vez fuera por eso (repasen las imágenes en Youtube) que Bush pareciera expectante desde el mismo momento en que se presenta ante los periodistas. Como si estuviera preguntándose si no deberían haberle lanzado ya aquellos malditos zapatos a la cabeza. Se le ve expectante. Pendiente de algo que sólo él, Nuri al Maliki (primer ministro iraquí) y el periodista lanzador de calzado, Muntazer al Zaidi, saben.

Bush evita los zapatos con una rápida flexión

Bush evita los zapatos con una rápida flexión

El guión mejora por momentos. No son, los que vuelan por los aires, unos zapatos cualquiera. Son manufacturados en el propio Irak. Este simbólico detalle fortalece el significado del ataque magnicida, y de la proeza del presidente. A falta de bombas, buenos son unos zapatos made in Irak. Ya está, prueba conseguida; Bush, hijo, también ha arriesgado el pellejo por su país en aquellas tierras áridas y lejanas, y, de paso, ha encontrado las armas de destrucción masiva.

La compostura de Al Maliki refuerza la teoría del montaje. Es peor actor que Bush (o quizás no tan buen cómico) y el miedo escénico le agarrota los músculos. Queda paralizado. Como un busto de la isla de Pascua. Ni siquiera se preocupa por su invitado presidente porque sabe que su vida no corre peligro. Que todo es mentira. Eso sí, el gesto fruncido por el disgusto de no haber estado a la altura interpretativa que de él se esperaba, o por que los zapatos no hubieran volado unos centímetros más abajo; ¿quién sabe?

Pero al fin y al cabo, como digo, prueba superada. Bush es, a partir de este acontecimiento, un héroe de la guerra de Irak que reaccionó como sólo lo hacen los valientes. Dicen que tras el suceso pidió calma a los presentes antes de añadir: “sólo puedo decir que eran un número 43”. Tan genial que está claro que no es suya la frase. Eso estaba escrito en el famoso guión. Un cerebro como el suyo es incapaz de producir ingenio, y menos si unos segundos antes le acaban de intentar cambiar la raya del peinado de una masiva patada.

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Ramón duerme

Una llamada en la noche prematura del domingo. Al otro lado de la comunicación, la voz de la hermana de Elena; aguda y prudente. Ha muerto Ramón. ¿Ha muerto Ramón? Sabía que estaba convaleciente, pero en los últimos años su naturaleza se tornó frágil, le había gastado tantas malas pasadas, que nos habíamos acostumbrado a sus reposos. Y ahora qué. Las últimas noticias no hacían pensar en este fatal epílogo. Una llamada telefónica extraviada en la noche de otoño, y de golpe todo es historia ¿Cómo  acostumbrarse a pronunciar ciertos nombres en pasado? ¿Cómo es posible que el fuego de un crematorio pueda hacer arder en pocos minutos una vida larga e intensa como la de Ramón? Ahora Ramón Barce duerme.

Su mirada era (aquí está el maldito tiempo pasado) fraternal y atenta. De trato amable, sosegado, amigo de sonreír a la mínima (su gesto tenía algo de sonrisa incluso cuando se pretendía serio). Cómo alguien tan cotidiano, humano entre los humanos, podía ser ese mismo compositor ilustre entre ilustres del siglo XX. Creador del exclusivo e inteligente Sistema de niveles; académico de Bellas Artes; doctor en Filosofía; agudo ensayista y traductor minucioso de obras complejas. Intelectual verdadero. Rotundo y necesario. Inquieto, activo como un oleaje.

Le conocí a través de su enamorada Elena, la envidiable niña eterna con quien compartió (en sentido estricto) más de treinta años de vida. Cultura y bendito esperpento. Elena le admiraba, le sorprendía; él saboreaba a Elena, su prodigiosa vitalidad, la ternura divina que le llovía de sus nubes. Y no hace tanto que repitieron boda en el Palace; pura coherencia.

Ahora Elena se siente despojada, sin raíces. Seguirá viviendo en él. Son (presente) envidiables.

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Ramón Barce

Ramón Barce fotografiado por Elena Martín

Muertos… y vivos

He visto muchos cadáveres en las últimas semanas, en los últimos meses, en años. Cuerpos reventados desde dentro, desde fuera. Despellejados, untados de sangre oscura, brillante. Cos sus rostros aplastados, o sorprendidos, o despiezados, o al fin serenos. Bocas abiertas, cerradas. Ojos sin mirada. Primeros planos que nos recuerdan, por si lo habíamos olvidado, hasta dónde es capaz de llegar el ser humano para dejar de serlo. Bombay, Congo, Cisjordania o Tel-Aviv, Bagdad, Islamabad, Tijuana.

El pavoroso asesinato colectivo en los trenes de cercanías de Madrid, 11-M; las ejecuciones en el transporte público de Londres, 7-J; el espectacular crimen que desde Estados Unidos cambió radicalmente el mundo hasta entonces conocido, 11-S; el accidente aéreo de Barajas, 20-A; cualquier incidente mortal en nuestras carreteras, las del mal llamado mundo civilizado; el asesinato de Ignacio Uría, o de Isaías Carrasco, ¿de cuántos?, a manos de pistoleros etarras, primitivos e ignorantes. La barbarie no brinda ya, a pesar de las infinitas posibilidades de la era cibernética, los restos masacrados de aquellos que fueron. Hay que preservar a los muertos de esa última y cruel humillación. Hay que protegerlos de aparecer como tales ante la Comunidad. Con su fatal compostura. Mutilados. Despojados de ropa y de dignidad. Que nadie vea a nuestros muertos. Que no me vean muerto cuando caiga.

Esta sería la clase A, Business. No todos los muertos pertenecen al mismo club, y dentro de ese club, no todos tienen el derecho de optar a la primera clase. Estos últimos son los muertos que vemos a diario en los medios. Expuestos al mundo sin reservas siquiera remotas. Lo global, hoy tan de moda, sólo es aplicable para preservar lo que concierne a este primer mundo; lo demás queda en las manos invisibles e irresponsables, morbosas del azar. Si no ¿por qué ocultar el rostro de nuestros niños cuando juegan felices, si mostramos sin pudor alguno el dolor y la desnutrición y la enfermedad en el semblante de lágrimas y moscas, y la barriga hinchada como un balón medicinal de un crío desnudo de Ruanda? Esto no es demagogia.

afcalixto@gmail.com

¿Por qué ellos si?

¿Por qué ellos sí?